Victoria

24 Aug

Tengo una amiga que necesita sacarse los callos de los pies.
Pasa que esta amiga antes se atendía con la señora Victoria, una señora encantadora que entendía mucho a mi amiga: conversaba a veces, pero no de cualquier cosa, sino de viajar, o del trabajo o de Felipe Camiroaga, puros temas que a mi amiga le interesan. A veces la señora Victoria le decía: tiene carita de cansada, porqué no se recuesta y aprovecha de relajarse. Y mi amiga, que efectivamente estaba cansada de hacer cosas que no siempre le gustan, se entregaba sin miedo a los cuchillitos que le recorrían los pies.
La cosa es que la señora Victoria un mal día no llamó a su hijo, que se llama Ale y que tiene 26. Al otro día tampoco lo llamó porque el cabro ya estaba grande y no vivía con ella y “los hijos tienen que ser libres, todos tenemos que ser libres” dijo una vez la señora Victoria y a mi amiga se le llenaron los ojos de lágrimas porque encontró lindo tener una mamá así, o porque encontró lindo tener una mamá.
A los dos días la señora Victoria recibió un llamado que le decía que su hijo se moría en la Posta Central. Hacía dos noches le habían robado el celular y para hacerlo le pegaron con un fierro en la cabeza que lo dejó desangrándose ocho horas en la calle.
La señora Victoria esos días no sintió ni una presión en el pecho, ni una brisa que le soplaba el cuello, ni tuvo sueños con su hijo. Eso -le dijo a mi amiga limándole los callos con la voz finita de la pena- es lo que más le dolió. Que su niño se le moría solo, botado en una posa de sangre, y ella no sintió nada.

La señora Victoria corrió a la posta y encontró a Ale hinchado entero, en coma, en un camilla identificado como NN. Lloró a los pies de la cama y le cantó una canción para ver si despertaba. Ale no despertó. Ale siguió acostado, con su vida convertida en un hilo, un hilo que la señora Victoria sostuvo semanas con las mismas manos con que le corta las uñas de los pies a mi amiga.
El médico le dijo que lo iban a tener que operar y que podía morirse, o podía nunca más caminar o nunca más hablar. La señora Victoria, que es muy madre chilena y que maneja a la perfección los bisturís, le dijo que para qué había estudiado tantos años si operaba a gente que después se iba a morir. Usted me trae vivo a mi niño, como esté, como quede, porque yo lo voy a querer igual. Eso le dijo la señora Victoria al médico y eso le contó a mi amiga hace unas semanas atrás.

Por varios meses la señora Victoria no fue a trabajar y mi amiga sufrió mucho con sus callos. Pasó que Ale sobrevivió a la operación, pero salió convertido en un niño de 3 años. La señora Victoria hizo lo mismo que había hecho hace más de dos décadas: le enseñó a comer, a vestirse, a ir al baño y hasta a caminar. Durante todo ese tiempo mi amiga no se sacó los callos porque no puede pasarle sus pies a otra persona. Hace poco la señora Victoria comenzó a trabajar solo los sábados y mi amiga pidió una hora y le entregó sus pies de nuevo mientras escuchaba todo esto que yo ahora les cuento. Al irse se dieron un abrazo bien largo y mi amiga le dijo: esta es su victoria señora Victoria ¿cuál irá a ser la mía? La señora Victoria le sacó el pelo de la cara a mi amiga y le dijo que hay que luchar todos los días, que no hay que andar cansada por hacer cosas que no nos gustan y que eso tambien es ganar.
Resulta que a Ale -que ya camina y habla y come y va al baño solo porque su mamá le enseñó por segunda vez todo eso- lo van a operar de un brazo, que es lo que peor le quedó y la señora Victoria otra vez no podrá sacarle los callos a mi amiga.

Entonces, la pregunta es: ¿alguien tiene dato de buena podóloga? ¿de una que haga todo con cuidado? ¿de alguien así, tan llena de vida, tan llena de amor?

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Señor Shazam

25 May

En el Metro Moneda, salida por Amunátegui, hay un señor ciego que se sienta en la escalera y toca la flauta dulce. Mientras estuve en la universidad viví en este mismo barrio, así que lo conozco hace años, aunque de lejos, como se conoce a los marginados cuando uno no invierte tiempo en sentarse a conversar con la injusticia. Lo he visto envejecer de la forma en que envejece la gente pobre: rápido, violentamente, como si todo el año fuera invierno. He notado cuando tiene ropa nueva, cuando está mas delgado. Y he comprobado con asombro que en esta década jamás le escuchado repetir una melodía. No estoy bromeando. Cientos de veces me detengo a oir la canción que interpreta, y nunca, pero nunca, se la había escuchado antes. El hombre debe saberse de memoria cientos, miles de temas en la flauta: a veces es Bach, otras Inti Illimani, alguna vez le escuché Los Prisioneros.
Hace tiempo, cuando me di cuenta de este dato, me prometí a mi misma escucharlo unos segundos cada vez que lo viera, y si tocara algo nuevo – lo que pasa siempre, sin excepción – paro y le doy una moneda. Es un especie de desafío entre “señor Shazam” -así le llamo- y yo, pero señor Shazam no lo sabe.
Hoy pasé por ahí, iba con la hora justa al médico y sabía que mi billetera estaba al fondo de mi mochila, perdida entre frutas, lápices y cosas que no deben ir en la mochila de un humano que crea en la existencia de los gérmenes. Escuché que interpretaba una de Serrat que, para variar, nunca le había escuchado. Estuve varios minutos buscando la billetera, hasta que la encontré y pude cumplir mi promesa autoimpuesta. Llegué tarde al médico, pero qué es eso al lado de un talento musical que vive, con frío y sin ver, entre los pies de la gente.
Los invito, a quienes pasen por ahí, a practicar el mismo desafío: si es una canción que nunca le han oído, una monedita. Quizás entre todos hacemos un sueldo a la altura de su maravilla.

Las Raras Podcast: “Tetazo”

5 Jan

Mi viaje al 29 Encuentro Nacional de Mujeres en Salta, Argentina, 2014 (pueden ver la crónica que escribí al respecto y que fue finalista del Premio Nuevas Plumas 2015) se hizo podcast gracias a Las Raras, historias de libertad.

El trabajo lleva textos de las periodista Catalina May, mi voz y fragmentos de entrevistas que hice en el viaje, además de la fina composición sonora a cargo de Martín Cruz.

Las Raras cuenta con su propia web, pero además lo pueden escuchar  en iTunes, Stitcher Radio, SoundCloud,  Tsonami Arte Sonoro y hace poco ingresó a la comunidad de podcasts Cuonda. Es parte también de Sembra Media, comunidad de medios independientes.

Mi historia se llama “Tetazo”, es la que abre la temporada y la pueden escuchar acá.

Gracias a Las Raras por su pasión por la libertad y por creer en mi y en ese viaje.

 

Rebaje

3 Jan

Estoy tendida en la camilla de depilación para recibir el 2017 con los tutos suaves. De la camilla del lado escucho lo siguiente:
-Desde que se murió Mario que yo nunca más dormí una noche de corrido. Siempre sus ronquidos me dieron sueño y ahora que no los escucho no pego un ojo. Solo llorar me hace dormir.
– De ladito -le dice la depiladora para esparcir la cera por el borde interno de pantorrilla y muslo.
-Este dolor no se lo doy a nadie, sabe. No hay día de dios que no lo llore. Morirse así, tan de repente, sin previo aviso, oiga ¿Sabe usted que fue lo último que me dijo?
-De guatita, señora Ingrid.
-Ese día Marito salió, me dio un beso, porque ese hombre jamás se fue de mi lado sin plantarme un beso, dios es mi testigo, y me dijo ¡¡Ay chucha que está caliente!!
-¡¡Eso le dijo!!! -exclamó la depiladora que a las 7 de la tarde del 30 de enero ya tenía el cerebro frito.
-Nooo pue Paaaaty, ¡me pusiste la cera hirviendo!
-Discúlpeme señora Ingrid. De frente para repasar.
Escucho que la mujer vuelve hacia arriba su cuerpo, cruje la camilla y continúa:
-Mario me dio su beso, sacó las llaves del arrimo, abrió la puerta, salió y se volvió para decirme lo que nosotros no sabíamos, era lo último que nos íbamos a decir.
-Pónganse de ladito ¿Qué fue lo que le dijo?
-“Vieja, cómprame una mayo de esas ricas que hai comprado ahora último,de esas de frasco” y cerró la puerta. Nunca más lo volví a ver, nunca más un beso suyo, nunca más su piel.
-Axila, señora Ingrid?
-Sí, axila. Sabe qué es lo que más lamento, que a Mario le gustaba viajar y yo nunca quise porque había que ampliar la cocina, ponerle cerámica al baño, cambiar el comedor. La única vez que salí fue a Saltos del Laja y me caí en las piedras mojadas y se me hinchó el tobillo izquierdo que parecía empaná de pino. Nos tuvimos que devolver a la pensión y Mario me llevó en brazos una cuadra y media. Yo ahí supe dos cosas, fijesé: la primera, que no me di cuenta cuando engordé tanto, porque por dios que sudó ese hombre. La segunda, que todavía, después de 35 años, nos seguíamos amando y no como el primer dia, nosotros nos amábamos más que al principio.
-Ya señora Ingrid, ¿rebaje largo, corto o entero?
-No, no me haga rebaje -la escuché por primera vez sin pena, con decisión y se me cayó una lágrima porque la historia se acababa, porque todo, un dia cualquiera al salir de la casa, se puede acabar- Marito ya no está. No me haga el rebaje. No hace falta.

Esquela

3 Jan

En el Taller de crónicas y retratos periodísticos que estoy cursando esta semana, hay:
-Una periodista muy joven egresada de la Católica con aros de perla. Usa también de estos collares negros apegados al cuello que están bien a la moda. Ella, que es muy a la moda, lleva dos y de uno de ellos le cuelga una opalina que quizás se la vendieron por piedra luna. Sé que trabaja en revista Sábado y me esfuerzo en no pensar que escribe semana a semana “4 lugares para comer los mejores sándwiches gourmet”. De verdad trato de no pensar que su vida es así de miserable.
-Una periodista semifamosa que antes salía en programas de farándula y que es muchísimo más inteligente de lo que uno podría pensar. Con ella se confirman dos mitos: la tele, efectivamente, engorda 5 kilos y sus formatos estúpidos hacen ver estúpida a gente que en realidad no lo es.
-Una licenciada en literatura que está tan perdida como yo y que tiene un anillo muy hermoso con forma de felino.
-Una mujer peruana que se dedica al Coaching en la Universidad Adolfo Ibáñez. Los autores que el profe cita y que ella quiere leer los anota en un post it y los pega al margen; las ideas importantes las destaca con lápiz tinta gel rosado fluor.
-Una periodista a la que le envidio dos cosas: su trabajo como reportera en The Clinic y su chaqueta de mezclilla color palo de rosa. A veces pienso que ese trabajo en verdad no es tan fantástico y que los colores pasteles no me quedan nada bien.
-Un profesor, el cronista mexicano Diego Osorno, cuyo primer reportaje fue tan bueno que debió salir del país y hoy se mueve con escolta para que narcos y políticos no lo maten. Así de bacán. Tiene 35 años y panza de consumidor de Coca Cola. Nos habla de historias geniales y peligrosas, de esas que yo jamás me atrevería a hacer y que hacen tiritar al poder. Historias grandes, historias que importan.
-Una periodista que tose y se pichicatea con inhalador. Le veo más cara de alergia que de bronquitis.
-Un periodista que conocí hace años y que desde ese tiempo viene escribiendo una historia buenísima pero que aún no termina. Dice que antes no la terminó por trabajo, y ahora no la termina porque tuvo una hija. Al escucharlo creo que sería bueno volver a ocupar el condón con responsabilidad porque no quiero ser madre (ahora o nunca, o qué se yo, la cosa es que no puede ser que la calentura me anule la razón tantas veces al mes y en días que mi aplicación del celular califica como “riesgo de embarazo”)
-Una periodista a la que no le entendí a qué se dedica, pero sé que el esmalte de sus uñas combina con su polera. También usa pintura sin color -pero pintura al fin- en las uñas de las patas. Eso, me parece, dice muchísimo de la gente.
-Cata, mi amiga periodista, quien siempre me ha alentado a escribir y a quien debo mi única publicación en un medio escrito chileno de cierto renombre. No he vuelto a leer ese texto porque la edición que le hicieron en el diario me avergüenza y me parece muy triste que a veces eso sea el periodismo: que uno se esfuerce por hacer un buen bistec y al final te publiquen carne molida.
-Una periodista de pelo rojo que hace muchas preguntas las cuales en un principio considero innecesarias, y sin embargo gatillan interesantes respuestas y diálogos. Eso debe ser ser periodista: hacer preguntas por tontas que parezcan, encontrar algo, investigarlo y contarlo. A mi, que me aterra hacer preguntas y entrevistas -porque estudié historia y a la gente muerta no se le hacen preguntas a menos que uno se ponga espiritista- no se me ocurre nada que decir por temor a quedar como pelotuda. Qué pelotuda.
-Cristóbal Peña, mi primer profesor de crónicas y director de Periodismo en la Alberto Hurtado, con quien me he curado y he fumado pitos. Siempre que se entona le digo que despida al profe de historia de la carrera y me contrate a mí. Por más que le doy copete y lo drogo, siempre me dice que no, porque el profe tiene buena evaluación docente. He llegado a desearle que le pase algo malo y no pueda seguir dando el curso. No me siento orgullosa por eso.
-También estoy yo, que no soy periodista, que no creo llegar a serlo y que en vez de tomar nota sobre cómo convertirme en reportera, registro detalles acerca de la gente y las divido en dos tipos de humanos: aquellos que usan reloj, aquellos que no usan reloj.
Al final de la clase algunos se quedan conversando con el profesor, que es algo así como una estrella del periodismo de investigación. Yo tomo mi mochila y arranco porque no tengo nada interesante que decirle. En cambio, me voy rápido de la universidad oliendo la boleta que me dieron por el curso. Me jalo la boleta porque huele igual a las esquelas de mi niñez. Años en que no importaba si periodismo de investigación o periodismo narrativo, si escribir para el poder o para desafiarlo, si seguir trabajando donde estoy o volver a ser independiente, si seguir con esta vida o elegir otra y si fuera otra cuál otra sería. Me voy en el metro hundiendo la cara en la boleta, porque cuando era niña no importaba qué mujer y que profesional quería ser en un mundo de mierda que necesita ser transformado y que yo no sé cómo transformar, solo importaba si esquela de Snoopy o de Pocahontas. Si Hello Kitty o Garfield. Si de Mickey o del Rey León.

India

3 Jan

Hoy una vecina me espantó con la escoba y luego me dijo:
-Ándate de acá, india. No veís que estoy barriendo, y por qué pasai siempre con tu perro por acá, andate por el frente, india, me tenís harta de verte todos los días con tu mugre de animal.

Yo miré a mi perro, limpio y mucho más decente que hartos seres humanos. Miré la bolsa que llevo y uso siempre para recoger su caca. Me miré mi pelo negro, brillante como la noche, como la noche limpia de los indios. La miré a ella teñida, encorvada, papiche: triste.

Le dije a Perrín: Vamos Perrín, que la calle es de todos los humanos y los perrines. Ella me hizo un ruido de peo, yo le grité ¡Vieja Loca! Ella respondió ¡tu abuela!.

He pensado que lo que de verdad pasa es que está muy sola y que quiere ser mi amiga, por eso me busca pelea, que es la forma que tiene la gente triste de buscar conversa. He pensando también que hace poco compré un spray azul, que está guardadito en mi closet y que tengo una hermosa caligrafía.

Ciencia con vista al mar (colaboración para Revista PAT N° 65)

27 Dec

El año 2015 me encargaron un artículo para Revista PAT, una publicación periódica sobre patrimonio natural y cultural.

Como si yo fuera la persona más yeta de la vida, coincidió con que la DIBAM decidió poner fin a esa revista justo después del número en que apareció mi trabajo. Debut y despedida.

Lo bueno fue que salió un artículo bonito, me pagaron por él, entrevisté a gente de la que no me olvido y además viajé a la costa para recabar información. Ese día me comí una tremenda empanada de queso y ostiones sola mirando el mar, lo que me pareció el mejor pago que pude tener.

Lo comparto ahora porque hoy murió Mario Luxoro, un científico tremendo que inició  el laboratorio sobre el cual trata el artículo. Si bien el texto es sobre ciencia, un área en que me manejo muy poco (aprovecho de agradecer a Víctor todo lo que me enseñó sobre las células -y, finalmente, sobre la vida, como habitualmente hace-), traté de ser clara con los hallazgos que Luxoro y su equipo formularon, pero además traté de ponerle carne y recuerdos a la historia.

Espero haberlo logrado en honor a Don Mario y a su audacia. Salud por él, por la vida que vivió y cuyos mecanismos logró desentrañar con pasión.

Ver el PDF del artículo en el siguiente link:

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